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El viaje de una abeja


Entre flores, vuelos y cucharadas de historia



Si alguna vez te has preguntado cómo llega la miel a tu mesa o qué hace exactamente una abeja cuando vuela de flor en flor, este artículo es para ti. Porque el trabajo de una abeja es mucho más que zumbidos: es ciencia en miniatura, es colaboración, y sobre todo, es una historia de conexiones invisibles que sostienen la vida.

Empecemos desde el principio.


Un insecto con superpoderes



Patrones guías de las flores
Patrones guías de las flores

Las abejas pertenecen al grupo de los himenópteros, y como todos los insectos, tienen seis patas y el cuerpo dividido en tres partes: cabeza, tórax y abdomen. Pero lo verdaderamente fascinante está en los detalles.

En la cabeza llevan dos antenas que les sirven como sensores ultrasensibles: captan olores, detectan humedad y hasta cambios de temperatura. Tienen cinco ojos: dos compuestos, formados por pequeñas celdillas (omatidios) que les permiten ver el mundo en ultravioleta, y tres ocelos simples, perfectos para detectar la luz de cerca.

¿Y el color rojo? Nada, no lo ven. Pero sí distinguen bien los azules y amarillos. Por eso muchas flores tienen patrones secretos que solo los insectos polinizadores pueden ver. Son como señales luminosas que indican dónde está el néctar, aunque para nosotros sean invisibles.


Cómo hacen la miel (y por qué no es tan simple)



Cuando una abeja encuentra néctar en una flor, lo absorbe con su lengua larga y flexible, lo mezcla con enzimas en su cuerpo y lo guarda hasta regresar a la colmena. Allí, otras abejas lo reciben y lo depositan en panales construidos con cera. Cada celda tiene forma hexagonal: la estructura más eficiente para almacenar líquido sin desperdiciar espacio.

Después, lo ventilan con sus alas para que pierda agua y espese. Cuando está listo, lo sellan con más cera. Lo guardan como provisión para tiempos difíciles, y también como energía para el día a día.

Lo más curioso es que el sabor, color y aroma de la miel depende de las flores que visitan. Así, la miel de azahar no sabe igual que la de romero, ni se parece a la de eucalipto. Cada frasco es, en realidad, un retrato del paisaje floral donde viven las abejas.


Una coreografía secreta


Las abejas no trabajan solas. Cuando una encuentra una buena fuente de néctar, vuelve a la colmena y baila. Literalmente.






Si la flor no tiene mucho néctar, realiza movimientos en círculo. Pero si ha encontrado algo valioso, hace una danza en forma de “8” o en zigzag. Con ese baile informa a sus compañeras cuánta comida hay, en qué dirección y a qué distancia.

Gracias a esta forma de comunicación, toda la colmena puede organizarse sin palabras ni tecnología. Solo con movimientos y química.


Una sola abeja puede visitar más de 100 flores por viaje, y hacer hasta 10 viajes al día, recorriendo más de 8 km a una velocidad de 25 km/h. Y si juntáramos la distancia que recorren para llenar un solo frasco de miel… estaríamos hablando de más de 88.000 kilómetros. El equivalente a dar dos vueltas al mundo.


Mucho más que miel



Las abejas no solo producen miel: también polinizan más del 75% de los cultivos que consumimos. Son responsables de que tengamos frutas, verduras, frutos secos y flores. Además, hay muchas especies de abejas de las que no extraemos miel y que son muy importantes para polinizar cultivos y para la biodiversidad del planeta.


Sin ellas, nuestro paisaje y nuestra alimentación serían muy distintos. Y aunque parezcan pequeñas, su papel en la biodiversidad es enorme.

Hoy, las abejas enfrentan muchas amenazas: pesticidas, pérdida de hábitat, cambio climático... Cuidarlas no es solo un acto de ecologismo: es una forma de cuidar nuestra propia supervivencia.

🐝 Cada cucharada de miel tiene detrás cientos de vuelos, miles de flores y una red silenciosa de vida que merece ser respetada.

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Tardes y fines de semana según actividades.​

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(Entre C/Azcárraga y C/San Ignacio de Loyola)

Tel: 661 42 75 12   636 17 82 93   

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